IDEAS
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Una democracia desde las ideas

A 35 años de su asunción presidencial Raúl Alfonsín intentó reconstruir el Estado y la sociedad desde la legalidad

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Raul alfonsin triunfante | Cedoc Perfil

El gobierno de Raúl Alfonsín, iniciado el 10 de diciembre de 1983, no sólo marcó el final de la dictadura y el retorno a la legalidad. También significó la coronación de un proyecto político que supo aglutinar voluntades con un mensaje convocante: reconstruir el Estado y la sociedad desde la democracia. Esa conjunción entre liderazgo y objetivos moldearon la matriz identitaria del alfonsinismo.

Todo comenzó en 1972, con la creación del Movimiento de Renovación y Cambio como línea interna de la UCR. En el libro de Héctor Pavón Los intelectuales y la política en la Argentina, Rosendo Fraga afirma que el espacio liderado por Alfonsín era el ala izquierda del partido radical, frente a la llamada Línea Nacional encabezada por Ricardo Balbín. En 1983, la nueva visión del radicalismo, que años después se definirá socialdemócrata, venció en la interna partidaria a Fernando De la Rúa. Luego, con 7.724.559 votos (51.75 %), derrotó al PJ en la elección presidencial del 30 de octubre.

Con una estrategia trazada antes de llegar al poder y sostenida luego, Alfonsín apostó al mundo del saber. En materia de Derechos Humanos, Carlos Nino y Jaime Malamud Goti edificaron el marco jurídico que posibilitó el Juicio a las Juntas en 1985. Esos fundamentos, surgidos en 1982 desde la Sociedad Argentina de Análisis Filosófico (SADAF), marcaron un camino de verdad y  justicia. Más tarde, en los años 90, Nino escribirá su célebre trabajo Juicio al mal absoluto.

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Asimismo Nino coordinó el Consejo Para la Consolidación de la Democracia. El órgano, que funcionó entre 1985 y 1989, se abocó a dos temas: una reforma constitucional en clave parlamentarista y un proyecto de ley de radiodifusión para suplantar la norma de la dictadura. En tanto, la Comisión Nacional para la Promoción y Desarrollo de la Región Patagónica, conducida por Aldo Neri, trabajó sobre el traslado de la Capital Federal a Viedma. En 1986, la intención era descentralizar la administración política. Aquellas iniciativas son parte de la frustración democrática.

Un párrafo merece el eje internacional. Dante Caputo llegó a la Cancillería desde el Centro de Investigaciones sobre el Estado y la Administración (CISEA) El arquitecto diplomático del acuerdo de paz con Chile en la disputa sobre el Canal de Beagle compartió trabajo con Jorge F. Sabato, quien ocupó la Secretaría de Estado de Relaciones Exteriores y el Ministerio de Educación y Justicia.

Entretanto, a la vez que coincidió ideológicamente con François Mitterrand y Felipe González, Alfonsín quiso que referentes académicos aportaran líneas de acción y contenido a su gestión. El Presidente tenía en mente el rol de los asesores de Franklin D. Roosevelt. Entonces convocó a Meyer Goodbar, quien pronto contactó al epistemólogo Eduardo Issaharoff. Así nació el Grupo Esmeralda. Integrado por varios pensadores de izquierda, periodistas y miembros del Club de Cultura Socialista, el espacio adoptó el nombre de la calle porteña en la cual estaba el lugar de reunión y debate.

Desde allí, Juan Carlos Portantiero, Emilio de Ípola, entre otros, hicieron contribuciones teóricas y críticas. Lo más trascendente fue el documento “Convocatoria para una convergencia democrática”, conocido como “El Discurso de Parque Norte”. El 1º de diciembre de 1985 el Presidente habló de “Ética de la solidaridad”. Al decir de Oscar Muiño en la biografía Alfonsín. Mitos y verdades del padre de la democracia, ese mensaje pasó a ser “La Biblia de la militancia” y reflejó “Un Gramsci reformista”.

A 35 años de su asunción presidencial, más allá de los errores cometidos y lejos de la repetida idealización, algo está claro: Raúl Alfonsín intentó construir una democracia social cimentada en el campo de las ideas. Aquel anhelo explica, en buena medida, su trascendencia histórica.