¿Qué se pone en juego ante un acto eleccionario obligatorio? ¿La voluntad cívica de una población o la instauración de una voluntad represiva por parte del Estado? Esto ha dividido los debates políticos e historiográficos del occidente contemporáneo.

Que un acto eleccionario sea un día de celebración cívica deja abierto, de todos modos, el debate por su dimensión coactiva en el plano del control social.

Para la población en general, la tensión simbólica que provoca la campaña en las calles, las publicidades en las radios y en la televisión, los modos más fragmentados y aleccionadores aún, ligados a la publicidad obligatoria de las llamadas redes sociales en internet, los otros avales también fragmentados con los que se socava la subjetividad con la serie infinita del aturdimiento, eso que Lacan situó muy bien como “atolondradicho”, tropiezo y neologismo que señala la dimensión en la que la lengua se objetiviza --y no sólo tropieza--, se hace por sí misma --en una dirección que recuerda el “selfmademan” anglosajón-- y destruye cualquier relación del intervalo a nivel de los significantes.

La desmovilización, entre otros mecanismos de enajenación, es posiblemente una formación reactiva, un efecto de protesta silenciosa, que es la negativa del ciudadano a participar. Por supuesto, aquí se confirmaría la premisa de una posición de arrasamiento subjetivo, un tiro en el pie, una acción autopunitoria y solipsista.

La cosa y la masa

La cosificación del sujeto por efecto de la coacción aleccionadora --sea eleccionaria o en otros niveles de la vida pública-- reduce los puntos de apoyo y de relevo de la población con lo común de la política. Cualquier acción que de allí provenga, será así sospechada de alejarse de la vida cotidiana, de ser sólo la ceniza de una expresión ideológica, de acercarse peligrosamente a la difuminación del sujeto en el complejo de funcionamiento del fenómeno de masa.

La masa, la experiencia de la masificación a ultranza de la existencia del líder que subyuga y a la vez doblega, una vez más, es la expresión perfecta de un tipo particular de totalitarismo regido por el discurso. Para decirlo en otras palabras, la del Amo y el Discurso Amo.

Los partidos políticos emergen en épocas eleccionarias a la par de la propaganda, siendo ellos mismos instrumentalizados como elemento de propaganda eleccionaria. Tremenda paradoja cívica.

Por otra parte, si la dimensión social de las condiciones de vida y de trabajo se encuentran burocratizadas, despersonalizando la relación entre sujeto y polis, entre política y ciudadanía, transformamos esta paradoja en una tragedia de la ciudadanía, rompiendo los lazos de pertenencia y continuidad entre el plano subjetivo y la cultura.

Huelga decir para los postulantes a los cargos públicos que el texto de la ley es a condición de no encarnar la ley.

Introversión

Esta irrupción de la despersonalización en una reducción de lo humano al algoritmo, cotejada con las banderas electorales partidarias, identificadas en su acción política a las mismas estrategias de las valoraciones del votante como elemento de mercado, transforman la celebración del acto eleccionario en potencial desgano y ajenamiento a la hora de ejercer el derecho a votar.

Trece millones de votantes no votaron y son apenas la expresión sintomática de un fenómeno más complejo, el del desentendimiento de los horizontes y destinos de una votación y de la posición del ciudadano como hacedor de la estructura de su comunidad. Ante esto, las paternales palabras del presidente no envolvieron ni endulzaron lo suficiente, los medios no motivaron, ni las promesas de justicia eleccionaria ofrecieron una alternativa al uso para atravesar este día de elecciones. Tal vez allí se encuentra otra de las referencias de análisis: hay en juego desde los espacios políticos en general una propuesta utilitaria, una reducción del votante a la psiquis de la masa, una apelación a la depresión --en el sentido fáctico y en el sentido dado por Freud como introversión libidinal--.

Que la votación se transforme, por la dinámica de su proposición, en un mecanismo de defensa psíquico, tendría que ponernos a pensar qué hay allí para analizar --en el sentido más psicoanalítico--, y qué tipos de mecanismos se ponen allí en juego respecto de la enajenación del votante en el circuito pulsional que reduce su posición --es decir su “elección”-- a ser el objeto de la Demanda del Otro.

La maquinaria

El ciudadano ve su función de votante concierto extrañamiento, desdoblamiento entre su función cívica, entre su quehacer ancestral ligado a la polis --la política en acto-- y su sojuzgamiento, a manos de la maquinaria de poder. La articulación de esta maquinaria es una vez más la propia de vigilar y castigar. Y entonces, probablemente, lo mira desde la ventana, desposeído, un cuarto que yace literalmente en el oscurantismo político. El discurso de los candidatos termina por volverse un raro dialecto, un deslizamiento desde el Discurso Amo al Discurso Universitario. Allí, sólo juegan los que tengan membresía.

No es descabellado pensar entonces que existe una relación entre este sojuzgamiento simbólico estructural y la vergüenza, aquella por la cual ya no se trata sólo del voto como secreto cívico, sino de la imposibilidad de ligar ese voto a la enunciación de los intercambios de la cotidianeidad. El voto no se transmite ni se nombra, porque está capturado en las redes de un “voto de silencio”, es decir de una radicalización de la posición de la censura sobre el quehacer ciudadano.

Y aquí estamos otra vez en la religión y no en la política.

Descreimiento

Uno de los síntomas habituales frente a esta fenomenología del votante en época de elecciones es la del “descreimiento”, que al parecer inaugura esta protesta silenciosa del que no ha de votar, salvo en la obligatoriedad. Toda una jornada en la que las escuelas están listas para recibirlos. Sin embargo, durante el curso de esa jornada expresan su decisión una y otra vez: no ir a la urna, ni siquiera para anular el voto rompiendo la boleta o poniendo cualquier objeto en el sobre. ¿Qué efectos provoca en el “espíritu de época” esta enajenación? Inclusive, puede haber generado esta decisión un debate en la familia y en otros colectivos, o puede ser objeto del silencio donde transcurre todo un domingo negando una participación del que todo el resto de la ciudadanía habla, y sobre el que discurre y participa. ¿Cuál es el lugar de los partidos y los espacios políticos en la realidad electoral? Tal vez los elementos de realidad que provee el entorno sean inapelables: la melancolía no es sólo el resultado de las condiciones socioeconómicas desfavorables, sino del olvido y del abandono, de la reducción y la identificación del sujeto con la cosa.

Este déficit en el dar crédito al acto eleccionario, a la hora de este descreer en la incumbencia de la dimensión ciudadana, es incluso una afrenta en la potencia de crear en la dimensión de lo humano.

Por otra parte, en el silencio del votante yace la lógica de un mecanismo represivo, como objeto de una cierta marca de estilo del totalitarismo cívico en las democracias contemporáneas. Esto toma las figuras, algunas veces sólo retóricas en el votante, del descreimiento o la desmovilización. De este modo, el voto obligatorio a priori sólo redunda en una práctica burocrática, donde “política” y “política en acto” quedan disociadas, y donde el votante es objeto --una vez más-- de la enajenación del discurso totalitario. No se trata entonces de la pertinencia o no del voto obligatorio o voluntario, sino de los mecanismos sociales que habilitan o no la política activa de sus ciudadanos sobre su derecho a elegir.

El desencadenamiento y el reflujo del fenómeno de masa hacia el solipsismo, propio de la captura por efecto del discurso amo, hubiera estremecido al Freud de “Más allá del Principio de Placer”.

Si los mecanismos en juego están ligados a la censura y a la coerción, tal vez lo sean por un factor constitutivo de las democracias contemporáneas, en las que la libertad de elección se encuentra enajenada a los mecanismos de apropiación discursiva y de poder. Ese apoderamiento es el que atrae las subjetividades hacia el fenómeno masificante.

Aunque el psicoanálisis señala muy precisamente que a cada fenómeno represivo le acontece inevitablemente un retorno de lo reprimido, una función potencial de esclarecimiento y de nominación.

Rita Rivas y Cristian Rodríguez pertenecen al Espacio Psicoanálisis Contemporáneo.