Cómo el arcabuz cambió la forma de hacer la guerra

¿Un invento del demonio?

La invención del arcabuz fue clave en la revolución militar del siglo XVI, que acabó para siempre con la guerra al estilo medieval

Armaduras: una historia de la guerra en Europa

Ilustración de un soldado con arcabuz, s. XVII

Ilustración de un soldado con arcabuz, s. XVII

G.Garitan / CC BY-SA 4.0

Los autores de la Edad Moderna tenían claro quién inventó el arcabuz. En el Tesoro de la lengua castellana o española (1611), que fue el primer diccionario monolingüe del castellano, Sebastián de Covarrubias lo definía como “arma forjada en el infierno, inventada por el demonio”. También nos lo dijo Ludovico Ariosto en su Orlando furioso (1532), que es Belcebú quien merece el reconocimiento.

El sentimiento que se tenía entonces hacia este ingenio nos lo resume Cervantes en el Quijote: “Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería. A cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala”.

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Odiaban el arcabuz porque había convertido en inanes virtudes que hasta entonces se tenían por principales sobre el campo de batalla, como el valor o la destreza. Y es que ¿acaso habría existido el Cid si cualquiera lo hubiera podido liquidar a cincuenta metros de distancia?

No lo inventó el demonio –aunque seguro que ayudó, si aceptamos que está detrás de todos los males–, pero tampoco sabemos quién. Lo único seguro es que su antecedente más cercano, el cañón de mano, llegó desde China en el siglo XIII; unos dicen que a través de la ruta de la seda, y otros, con la invasión mongola.

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Como su nombre indica, el cañón de mano no era más que un cañón en miniatura, usado raramente para la defensa de fortalezas y muy raramente para soldados de a pie. Esto nos da para hablar de la etimología de “arcabuz”, palabra que proviene del holandés haakbus o del fráncico hakenbühse (el fráncico fue una lengua de los francos). En ambos casos significa “cañón con gancho”, pues acababa en un gancho que podía aferrarse, por ejemplo, a una almena.

No se convirtió en un arma para la infantería hasta que se inventó la llave de mecha, un mecanismo de disparo que, por primera vez, permitía usar las dos manos para apuntar. La mecha se colocaba en la punta de una palanca curva llamada serpentina, cuyo otro extremo hacía las veces de gatillo. Al apretarlo, la serpentina caía sobre la cazoleta con la pólvora, provocando una pequeña deflagración que bajaba por el oído (orificio que conectaba la cazoleta con la carga de propulsión) y que, a su vez, disparaba el proyectil.

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Su eficacia se demostró en la batalla de Ceriñola (1503, en el marco de las guerras de España en Italia), cuando la infantería de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, venció a un ejército francés en teoría superior. Otro hito fue la batalla de Pavía (1525, también en Italia), en la que la caballería francesa, con sus armaduras medievales, fue diezmada por las balas españolas.

Fue fundamental, pero no se puede decir que el arcabuz por sí solo explique eso que el historiador Michael Roberts (1908-1996) llamó “la Revolución Militar”. Era un arma de avancarga, es decir, que se cargaba por la boca del cañón y que había que recargar tras cada disparo. Un soldado bien entrenado podía disparar como máximo cada medio minuto (siempre que no lloviera, pues eso inutilizaba las mechas), tiempo de sobra para que un jinete enemigo le arrollara.

Las compañías de arcabuceros solo servían de apoyo a los piqueros, que eran la verdadera fuerza de choque. Agrupados en bloques, con sus largas picas (de tres metros) mantenían alejado al enemigo, situándose los arcabuceros en medio de la formación o en los flancos.

Para esto hacía falta mucha organización, y ahí está la clave de la llamada “revolución militar”. En el siglo XVI, el valor de los soldados pasó a medirse más por su capacidad de moverse como un todo que por su destreza individual. Ya no hacían falta héroes que protagonizaran gestas en solitario. El tiempo de los caballeros andantes había pasado.

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