Image: Las alucinaciones negativas

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Arte

Las alucinaciones negativas

Todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas

26 abril, 2013 02:00

Canibalismo de los objetos, 1932


Siempre me ha llamado la atención el asunto del canibalismo, el acto mediante el cual una especie se come a sí misma, gastronómico incesto que colapsa civilizaciones, las enfría completamente, les roba todo el calor que poseen imposibilitándolas así crecer. Robar calor es el primer y más sagrado principio de destrucción.

El hormigón fue inventado por los romanos; opuscaementicium, le llamaron. Era elaborado con tierra y lava del Vesubio que, al mezclarse, despedía calor, mucho calor, y era entonces cuando la pasta se hacía sólida para siempre. De modo que el hormigón es el resultado de extraerle el calor a las cosas, sí, pero, al contrario que el canibalismo, es bueno, el hormigón es muy bueno. Aunque nadie lo sepa, el hormigón le gustaba mucho a Dalí. Por eso llama la atención que sea uno de los pocos materiales que no aparecen en ninguno de los cuadros ni en ninguno de los textos que nos dejó. Es un tema que he investigado a fondo y, pueden creerme, no hay rastro del hormigón en sus obras.

Leo la noticia de que hoy se inaugura en el Museo Reina Sofía la gran exposición dedicada a Dalí. Iré a esa exposición y espero encontrar en ella una de sus obras más desconocidas y que más me seduce, Canibalismo de los objetos, datada en 1932. Las obras de Dalí no se fechan, se datan, como la Sábana Santa, los cuerpos de Pompeya o la aparición de la primera computadora. Pero hablábamos del canibalismo: entiendo el canibalismo de los objetos como el momento en el que estos se comen a sí mismos, se roban todo el calor, pero, como ocurre con el hormigón, no hay aquí incesto: lo hacen para superarse a sí mismos. Salivo sólo de pensar que podré contemplar en directo esa superación de la materia por la propia materia. Parafraseando a Bretón, el genio ampurdanés dijo, "...el canibalismo de los objetos justifica esta conclusión: la belleza será comestible o no será".

Llego hasta aquí para afirmar -y como inmediatamente verán, demostrar-, que el canibalismo y el hormigón guardan una íntima conexión con otro elemento que a Dalí le fascinaba, el pan, objeto cuya recurrencia en sus obras alcanza la categoría de obsesión. Creo que ahora, con motivo de la exposición del Reina Sofía, se hace necesario señalar esta conexión, nunca hasta ahora revelada. Como todo el mundo sabe, en 1934 Dalí desembarca en Nueva York con una barra de pan de dos metros de longitud atada a la cabeza; a petición suya, había sido amasada y horneada por el cocinero del barco. Después, iría arrancando trozos de esa barra para mojarlos en la yema de los huevos fritos que a diario pedía en diferentes restaurantes de la ciudad. Quienes le conocieron en esa época afirman nunca haberle visto tan feliz.

Tal como él mismo lo cuenta en La vida secreta de Salvador Dalí, estando en la calle, ante el hotel Astoria, con su pan ya muy deteriorado bajo el brazo, decide ir a almorzar a la sala Sert. "Eran exactamente las 12, hora de los fantasmas del mediodía". Cruza entonces la calle, pero resbala, se cae y el pan se rompe en dos trozos, que salen despedidos a una distancia considerable. Un policía se acerca apara ayudarle a levantarse, a quien Dalí da las gracias antes de apartarse cojeando, pero "tras dar una docena de pasos volví la cabeza por curiosidad de ver qué les había ocurrido a mis dos pedazos de pan. Habían, simplemente, desaparecido sin dejar el menor rastro. El modo en cómo me habían sido arrebatados es todavía un enigma para mí. Ni el policía ni ninguna otra persona presente en la calle llevaban encima los dos grandes pedazos de pan.

Tuve la desconcertante e inquietante impresión de que se trataba de un delirante fenómeno subjetivo y de que el pan se hallaba en alguna parte ante mis ojos pero yo no lo veía por razones afectivas que descubriría posteriormente. Éste fue el punto de partida de un descubrimiento muy importante que decidí comunicar a la Sorbona de París bajo la evocativa denominación de, El Pan Invisible. En ese documento exponía y explicaba el fenómeno de la súbita invisibilidad de ciertos objetos, una especie de alucinación negativa, mucho más frecuente que las verdaderas alucinaciones, pero muy difícil de reconocer a causa de su carácter amnésico. Recuerda al elemento involuntario que hay en la base de todos los descubrimientos. Colón descubrió América mientras buscaba las Antípodas, en la Edad Media se descubrieron ciertos metales como el plomo y el antimonio mientras se buscaba la piedra filosofal, y yo mientras buscaba el modo más directamente exhibicionista de mostrar mi obsesión con el pan acababa de descubrir su invisibilidad".

Con estos antecedentes en mente, en verano de 2011, estando de vacaciones en la ciudad de Nueva York decidí ir al lugar donde Dalí refiere la pérdida. Para ello, encargué en un horno de la calle Bleecker, cercana a mi apartamento, la barra de pan más grande que pudieran hacer. Resultó no sobrepasar el medio metro. Una mañana de agosto la puse bajo el brazo y remonté Manhattan. Mi idea era realizar el trayecto que en 1934 el artista no había podido culminar, almorzar en la sala Sert del hotel Astoria unos huevos fritos acompañados de mi pan. A las 12 del mediodía me hallaba frente al hotel, miré a ambos lados de la calzada, esperé a que pasaran los últimos coches, me lancé a cruzar; fueron los 7 segundos más largos de mi vida. Una vez hube llegado a la otra acera, el pan continuaba a salvo conmigo. Atravesé la puerta del hotel y, ya sentado en la sala Sert, le pedí al camarero dos huevos fritos. No tardé en estar mojando mi pan en la yema. Entonces, no sé cómo ocurrió. Levanté la vista y frente a mí, en mi misma mesa, se sentaba Dalí, quien tras sonreír, dijo:
-Muy bien, muchacho, ha cumplido usted mi deseo.

Tras unos segundos enmudecido, contesté:
-Ésa era mi pretensión.
-Se lo agradezco, muchacho, con usted mi pan ha reaparecido. Aturdido, miré la fachada del edificio de enfrente, parcialmente visible a través del ventanal, y entonces tuve una intuición; no sé por qué ni cómo se me ocurrió...
-¿A usted le gusta el hormigón?-pregunté.
-Sí, sí, muchísimo. ¡Cómo es posible que nunca me lo hubieran preguntado!

Sorprendido por la histriónica reacción, continué:
-¿Por qué le gusta?
-Porque en su confección expulsa calor. Justamente al contrario que el pan, que en su horneado absorbe el calor.
-Ya, no lo había pensado. Pero entonces, ¿por qué no aparece el hormigón en ninguno de sus cuadros?
-Atiéndeme bien, muchacho, este es mi hallazgo: el calor que expulsa el hormigón es, precisamente, el calor recibido por el pan. Se trata de un balance energético universal, ocurre siempre, en todo lugar y tiempo. Pan y hormigón son la misma cosa pero en invertido, se comen el uno al otro, puro canibalismo, dos caras de una misma alucinación negativa: cuando desaparece un pan aparece un trozo de hormigón, y cuando desaparece el hormigón aparece un pan.

-Maravilloso, señor Dalí, maravilloso -comenté; no había adulación en mis palabras.
-Gracias, muchacho, pero no hay para tanto. Cosas así se me ocurren cada día, tantas que ya ni me preocupo de decirlas. Pero mira, me has caído bien. Todo el mundo habla de mí y de mi obra pero tú has ido más allá, has recuperado mi pan, has ido a los orígenes, a la propia materia. Por ello te hago este regalo: dentro de dos años sé que habrá una exposición dedicada a mi obra en el Museo Reina Sofía, no me preguntes cómo lo sé pero lo sé. Ve y cuenta todo esto tal como yo te lo he contado, escríbelo, y oye, que te paguen bien por ello, no seas pardillo, es primicia, primera mano, puro método paranoico-crítico de boca de su creador. Si sabes gestionarla esta información te hará mundialmente famoso. Pan y hormigón, primordial canibalismo de los objetos.

No supe reaccionar. Deslicé mi plato sobre el mantel hasta que estuvo en el centro. Partí la barra de pan en dos trozos, y en silencio y por turnos fuimos mojando y comiendo hasta hacerlos desaparecer.