Cala Alcaufar: más que una cala, un brazo de mar

Foto: David Arquimbau

 

Cala Alcaufar destaca para los de fuera por varios detalles, en los que los de aquí poco o nada nos fijamos. En primer lugar por su proximidad al aeropuerto. Aunque pueda parecer extraño, el turista que se acaba de tragar por lo menos dos horas de avión, si ha tenido la dicha de acudir sin escalas y sin incidencias, va a tener una innata disposición a apreciar el encontrar el paraíso a quince minutos del aeropuerto.
En segundo lugar, Cala Alcaufar es el lugar en el que abrió el primer hotel pensado para el turismo, en el ya muy lejano 1950. Hay que pararse a pensar cuan lejano está el ecuador del siglo pasado, prueben aquí.
Este lugar no existe para las hormonas en ebullición. Aquí reina la calma chicha y el ambiente familiar, tan buscado por unos como denostado por otros. En una encantadora calita de arena blanca, al final de un brazo de mar con curva y ninguna ola, los buscadores de calma encuentran el punto idóneo para pasar sus vacaciones.
La urbanización que bordea la costa del lado izquierdo es coqueta, blanca y sencilla. Las sempiternas barquitas amarradas en sus mansas aguas nos hablan de un puerto seguro. La roca virgen y las cavidades del lado derecho, todavía y para siempre virgen nos hablan de la edad geológica del sitio.
Al fondo del arenal, a veces, concurren eventos deportivos de corte informal que ambientan un poco el solaz. Otras veces, las mejores, puede el bañista asistir a los ensayos de compañías de teatro clásico que han encontrado aquí la resonancia perfecta para la declamación acapella. Lujos casuales al alcance de unos pocos.

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