Adefesio

Aunque no fuese más que por ser la patria de la filosofía y cuna del cristianismo, hay muchos motivos por los que Turquía debería formar parte de la Unión Europea, como miembro de pleno derecho. En las costas del Asia Menor, en la actual península de Anatolia, estaban las principales ciudades jonias en las que surgió la filosofía: Mileto, Éfeso, Samos y Clazomene. De entre todas ellas, particularmente Éfeso merece una mención especial, no solo por ser la patria de Heráclito, sino por haber sido también la ciudad en la que se erigió una de las siete maravillas de la Antigüedad: el templo de Artemisa.

La Artemisa de los efesios es una diosa bien extraña. A pesar de que la mitología nos dice que era hermana de Apolo, su apariencia y su disposición era bien poco apolínea, hasta el punto de contradecir todas las normas del canon y de la belleza griega. En el Museo Arqueológico de Éfeso se conservan todavía dos estatuas de la diosa, caracterizadas por su alta corona y su vestido, recargados de animales, y sobre todo por sus innumerables pechos. Algunos arqueólogos han relacionado este culto de Artemisa, con el de la llamada Potnia theron (o Señora de las bestias), de la que habla Homero en la Ilíada. Es posible que se trate de una diosa madre o de una diosa de la fertilidad y que pueda tener también algún parentesco con la Mujer sentada de Çatalhöyük, una diosa neolítica de la fertilidad, con pechos prominentes, sentada en un trono con dos leopardos. Una estatuilla de apenas veinte centímetros de altura, datada hacia el año 6000 a. C., y procedente de un asentamiento neolítico (Çatalhöyük), al sur de la península de Anatolia. Más que de una belleza clásica, se trata de un verdadero adefesio. Y veremos por qué.

Mujer sentada de Çatalhöyük, hacia el 6000 a. C.
Museo de las Civilizaciones de Anatolia, Ankara

El Diccionario de la Lengua Española de la RAE, define “adefesio” como: «1. m. Persona o cosa ridícula, extravagante o muy fea. 2. m. Despropósito, disparate, extravagancia».

El nombre, sin lugar a dudas, procede de la traducción latina de la epístola de San Pablo “ad Ephesios”, pero no hay aparentemente nada en dicha epístola que permita relacionarla con el sentido que finalmente ha alcanzado la palabra en castellano, para designar algo monstruosos, feo, ridículo o extravagante. Para empezar, no encontramos un paralelismo de dicha evolución en ninguno de los idiomas más cercanos, pues ni en francés ni en italiano ni en portugués existe una palabra semejante. Tampoco en catalán se encuentra dicha evolución, que prefiere “espantall” antes que “adefesi”. Ni tampoco en gallego.

Algunos, leyendo con lupa la mencionada epístola a los efesios de San Pablo, han especulado acerca de la posibilidad de que sean los consejos paulinos a la mujer casada los que se encuentran en el origen de dicha expresión. Tal vez podríamos pensar en mujeres con cabeza de marido, como modelo de adefesio: “Las casadas ―escribe el apóstol― estén sujetas a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia”. Pero no hay muchas referencias literarias que nos puedan mostrar esta evolución.

Sin embargo, en el Viaje de Turquía, obra del s. XVI, atribuida por algunos a Cristóbal de Villalón y por Marcel Bataillon al médico segoviano Andrés Laguna, podemos encontrar la expresión “hablar adefeseos”, con el sentido de decir insensateces. “Que es eso hablar adefeseos que ni se ha de hazer nada deso, ni habéis de ser oídos”. En ese mismo comentario, el autor del Viaje de Turquía remite explícitamente a San Pablo, cuando afirma: “no les harán entender otra cosa aunque vaxase Sant Pablo a predicársela”. Y no es imposible por tanto que la palabra “adefesio” esté tomada de esta epístola. De hecho, al parecer la lectura de esta epístola paulina ―que todavía se lee habitualmente en las bodas y matrimonios― suscitaba entonces gran hilaridad entre los asistentes, al oír a los curas célibes y sin experiencia sexual, dar consejos acerca del matrimonio: “No hay a quien no mueva risa ver algunos casamenteros que dan en sus escrituras remedios y consejos, conforme a las cabezas donde salen” (Cristóbal de Villalón, Viaje de Turquía, “Dedicatoria al rey Felipe II”, 1557).

Además de esta epístola, sabemos que Pablo de Tarso, estuvo en varias ocasiones en Éfeso y que, en una de ellas, estuvo a punto de ser linchado por los fabricantes de estatuas de Artemisa y los plateros, constructores de templos de Éfeso en miniatura para los turistas, por haberse atrevido a decir que no son dioses los construidos por mano del hombre. Un tal Demetrio, platero de profesión, animó a la multitud a linchar a San Pablo, al grito de “¡Grande es la Artemisa de los efesios!” (Act 19, 23-28).

Artemisa de Éfeso, copia romana en mármol del siglo I d. C. Museo Arqueológico de Éfeso.

Siempre me ha fascinado este episodio, en el que los artistas se enfrentan abiertamente al inventor del cristianismo. Más que San Lucas, debería este Demetrio ser el verdadero santo patrono de los artistas.

Orazio Gentileschi, un discípulo de Caravaggio, era él mismo hijo de un orfebre. Fue un pintor muy importante, que trabajó junto a Rubens en la corte parisina de María de Médici y en Londres, junto a Van Dyck, para el duque de Buckingham y para Carlos I de Inglaterra. A su hija mayor, a la que educó en el arte de la pintura, le puso, en honor de la diosa griega, el bonito nombre de Artemisa.

Por Miguel Cereceda

Miguel Cereceda es profesor de Estética y teoría de las artes en la Universidad Autónoma de Madrid, crítico de arte y comisario independiente de exposiciones. Ha publicado El lenguaje y el deseo, El origen de la mujer sujeto y Problemas del arte contemporáne@. Su último libro, sobre teoría de la crítica, "Parcial, apasionada, política", se publicó en la editorial Árdora, en Madrid, 2020. Ha sido profesor invitado en las universidades de Potsdam (República Federal Alemana) y UDLAP (México).